03 julio 2013

Muere Fawzia la princesa más bella de todos los tiempos


«La Venus de Asia». Así fue bautizada por la revista Life, que en septiembre de 1942 le dedicó toda la portada con una espectacular fotografía de Cecil Beaton que irradiaba el hechizo de sus ojos rasgados. No en vano, la princesa Fawzia de Egipto estaba considerada como una de las mujeres más bellas del mundo. La decana de la familia real del país del Nilo murió ayer a los 92 años. Aunque prácticamente pasó las últimas décadas de su vida en el exilio dorado de Suiza, con ella se va la última protagonista de la época más fastuosa de la monarquía egipcia. 

Nació en Alejandría en 1921. Sus padres eran el sultán Fuad I –que en los años 20 se coronó rey de Egipto y Sudán– y la reina Nazli. Cabe imaginarse el lujo y el refinamiento con el que se educó, ya que en aquella época el esplendor de la corte egipcia no tenía rival en Oriente Próximo. El desmembramiento del imperio otomano relanzó el protagonismo regional de Egipto, cuyas élites, profundamente occidentalizadas, estaban obsesionadas con abrazar la modernidad, relajar las costumbres sociales y acometer una transformación laicizadora del Estado. 


La propia Fawzia destacaría por sus ideas progresistas y, en cierta medida, feministas. Lo que no impidió, sin embargo, que tuviera que acabar sometiéndose al corsé destinado a cualquier mujer perteneciente a una familia real de la época. Así, tras la subida al trono de su hermano, el rey Faruk de Egipto, en 1937, se estableció el matrimonio por conveniencia de la princesa Fawzia con el príncipe heredero persa, el futuro shah Mohamed Rehza Pahlavi. Se trataba de una boda de Estado, como las que durante siglos se han concertado entre miembros de las diferentes dinastías del planeta. Y a Fawzia, como hermana mayor de Faruk que era, no le quedó más remedio que casarse con un joven, por más apuesto que fuera, con quien apenas había tenido contacto alguno. 


La boda se celebró por partida doble. Primero, en marzo de 1939, en El Cairo. Y tras el largo viaje de novios, se repitió la ceremonia de los esponsales en Teherán. Mohamed Rehza Pahlavi subió al Trono del Pavo Real dos años más tarde, tras la abdicación de su padre –obligado al exilio–. Y ella se convirtió en reina de Persia. Siguiendo las ancestrales costumbres de la realeza iraní, Fawzia no fue considerada nunca emperatriz, título que en exclusiva recaería décadas más tarde en la igualmente bellísima Farah Diba, tercera esposa del shah. Pero esa es ya otra historia. 

La princesa Fawzia nunca se acostumbró a la corte persa. Irán era entonces un país todavía muy atrasado y la propia Teherán resultaba una ciudad medieval en comparación con el moderno y occidental El Cairo. Además, poco ayudaba el hecho de que el matrimonio no estuviera enamorado y de que ella no supiera hablar en farsi y sólo pudiera comunicarse con su esposo en francés. 


El matrimonio real tuvo una hija. La falta de un heredero varón también contribuyó a hacer cada vez más insoportable la vida de Fawzia en Teherán. Al final, tras una década de matrimonio, el shah y ella se separaron. El divorcio se hizo oficial en 1945 en Egipto, país al que regresó la princesa. En cambio, no sería válido en Irán hasta 1948, cuando se emitió un decreto real por el que se anunciaba que «el clima persa había puesto en peligro la salud de la reina». Al igual que la boda, el divorcio fue obviamente un espinoso asunto de Estado, que no se resolvió hasta que se cerraron importantes flecos, como el que Fawzia renunciara a la custodia de su hija, la princesa Shahnaz, que se quedó en la corte persa. Sólo al fin del proceso, el shah dejó claro que la ruptura del matrimonio no suponía un peligro para las excelentes relaciones entre Irán y Egipto. 

De nuevo en El Cairo, Fawzia retomó su vida como princesa egipcia, dedicada sobre todo a actividades relacionadas con la infancia. En 1949 volvió a contraer matrimonio –esta vez parece que sí enamorada–, casándose con un primo lejano, el coronel Ismail Hussain Shirin Bey, ex ministro de Guerra y Marina egipcio. Tuvieron dos hijos: Nadia y Hussein. 


La vida de la princesa dio un vuelco en 1952, con el derrocamiento de la monarquía en Egipto. Todos los miembros de la familia real se vieron obligados a exiliarse. Mientras el rey Faruk –que había hecho un último intento desesperado de frenar a la República abdicando en su hijo recién nacido– encontraba apacible refugio en la Costa Azul, la princesa Fawzia y su familia, como muchos otros miembros de la realeza mundial, fijaron su residencia en Suiza. Allí ha vivido prácticamente hasta el fin de sus días. Aunque a mediados de los años 70, las autoridades del viejo reino de los faraones permitieron a su dispersada familia real regresar al país. Fawzia y varios de sus hermanos mantuvieron una larga pugna judicial con el Gobierno egipcio para recuperar valiosas piezas de arte, joyas y toda clase de enseres pertenecientes a la dinastía. 

Poco después de la muerte de su hija Nadia, en 2009, la princesa Fawzia fijó su última residencia en Alejandría. Alejada de todo protagonismo, en la mítica ciudad mediterránea ha pasado sus últimos años, envuelta en recuerdos, «la Venus de Asia». 

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