26 noviembre 2012

El sastre de Elvis



El show-business necesita la mitificación poética, extrema, de toda clase de aparatajes. A veces lo externo, el envoltorio, sirve como coartada para ocultar un persistente vacío. Más allá del maquillaje, las grajeas multicolores, la pirotecnia, el ruido, no semilla o sustancia, nada excepto viento o vacío. En otras ocasiones, la apariencia refuerza sin mancharlo el discurso, y ningún arte ha bebido más y mejor de esta verdad que el pop y afines. Entre los pioneros en el vestir a las estrellas, trasladando al espejo la imagen proyectada en sus canciones y actitud, brillan tipos como Nudie Cohn, sastre cósmico de Hank Willams o Gram Parsons, o los hermanos Lansky, Bernard y Guy, por cuya tienda pasaron Johnny Cash, Count Basie, Roy Orbison, B.B. King, Duke Ellington, Carl Perkins, Eddie Floyd o, más recientemente, Stephen Stills, ZZ Top, Dr. John, Robert Plant o los Jonas Brothers, flequillo incluido. 


Pero el más decisivo, al menos en términos de influencia cultural, fue Elvis Presley, al que los hermanos ya seducían con sus trajes cuando éste era un mocoso de diecisiete años que trabajaba en teatro Loew y, con agujeros en los zapatos, permanecía hechizado ante el chisporroteante escaparate de la calle Beale, en Memphis. A la venerable edad de ochenta y cinco años ha muerto Bernard. La historia del rock and roll pierde a otro de sus secundarios esenciales. 


Resulta que en la década de los cuarenta del pasado siglo el padre de los Lansky, Samuel, compró a sus dos retoños una tienda ubicada en pleno centro de Memphis, destinada en principio a vender ropa de segunda mano del ejército. Jóvenes despiertos, los hermanos comprendieron que su ubicación, la calle Beale, o sea, el corazón del rhythm & blues y el blues que, llegado de Arkansas y Mississippi, latía en decenas de clubes, merecía cambiar el rumbo de su negocio. Alguien tenía que vestir a los músicos que cada noche encendían la orilla del gran río con su suculento potaje electro acústico, y también a su público, unos y otros, en su inmensa mayoría, negros. 


La vistosidad de sus nuevos artículos pronto fue advertida por el joven Elvis, ya entonces fascinado con la exuberante música y los atuendos de los creadores afroamericanos. Con sus prímeros éxitos, pudo al fin convertirse en cliente de los Lansky, y ya no los abandonaría hasta su muerte. Bernard presumía de haberle ayudado a forjar aquella identidad desafiante, de zapatos bicolores y americanas negras o rosas, que pasmaron al mundo desde el programa de Ed Sullivan. Mucho después, fue el propio Bernard el hombre encargado de vestir a Elvis durante su última actuación, de impecable blanco con corbata azulona: así fue enterrado. 

Aunque en 1981 la tienda original se mudó de Beale al hotel Peabody, no abandonaban su querencia por los lugares míticos: se trata del establecimiento hotelero más famoso de la ciudad, hogar de los legendarios patos y cuartel general de Sam Phillips, el visionario primer productor de Elvis, Jerry Lee Lewis o Cash, cuando antes de construir los estudios Sun ejercía allí de pinchadiscos en su programa Saturday Afternoon Tea Party para la WREC, sindicado por la radio de la CBS y repleto de suculentas novedades de jazz, country y blues. Convertido en centro de peregrinaje para los fans que viajan hasta Graceland, el comercio de los Lansky, hoy regentado por un hijo de Bernard, mantiene su gusto por los cincuenta, homenajes a Elvis incluidos. 

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